Ángel Silvelo Gabriel se inspira en los últimos tres meses de vida del poeta británico John Keats en su nueva novela, Los últimos pasos de John Keats, que presenta este jueves 14 de mayo en la Librería Luces a las 19h. Además del autor estarán Lola Buendía, Alfredo Taján y Cristóbal Villalobos.

«Algo bello es un goce eterno», nos recordaba John Keats en el primer verso de su poema épico Endymion. La fuerza y ensoñación presentes en él, son también las que acompañaron al poeta en su estancia en Roma. La ciudad eterna es el denominador común que propicia una visión única y diferente sobre la vida y la obra de este gran artista romántico inglés. En este sentido, el reflejo de la luz de Roma, de una forma caprichosa, representa tanto el mundo real como el soñado que, Keats, recorrió en su corta estancia de la capital italiana; una metáfora que no hace, sino afianzar, ese poderoso influjo que esta ciudad siempre ha tenido en los artistas que la han visitado. Roma es solo el punto y seguido que el poeta romántico dejó marcado en su epitafio: «Aquí yace Uno cuyo Nombre fue escrito en el Agua».

Keats llegó a Roma como la única solución que sus amigos encontraron para frenar a la tuberculosis que poco a poco se apoderaba de él. «Un invierno más en Londres sería su final», le dijeron. Una sentencia que, unida a su falta de medios económicos, le empujaron a dejarse llevar por ese ímpetu de sincera amistad costeada por todos ellos y por los admiradores con los que contaba el poeta. Sin embargo, él mejor que nadie, conocía que ese silencio no solo significaba realizar el viaje a Italia, sino que además, era la ruptura definitiva con su amada Fanny Brawne, con quien mantuvo una relación tan corta como intensa y tortuosa; una historia de amor que la directora neozelandesa Jane Campion retrata muy bien en su película Bright Star. Pues bien, a pesar del contrasentido que suponía su marcha y la separación de Fanny, Keats había adivinado hacía tiempo que su maltrecho estado de salud, le hacía sentirse incapacitado para vivir el amor con la intensidad que Fanny le reclamaba. Y en algún sentido, tal y como apunta Julio Cortázar en su libro, Imagen de John Keats, el poeta se dio cuenta de que ya no era de este mundo y necesitaba buscar su propio refugio. Eso fue Roma para Keats, una ciudad que se le apareció como en un sueño, envuelta en un manto difuminado bajo una tenue niebla. Roma: milenaria, provocadora, estimulante, bella y única como pocas ciudades del mundo, fue la estancia perfecta en la que el poeta tuvo aún una efímera oportunidad de disfrutar de los últimos destellos de su vida; corta, pero entregada a la causa de la poesía. Sin embargo, y a pesar de verse acorralado por las contradicciones que le atormentaban tanto a su espíritu como a su existencia, aún fue capaz de llegar a disfrutar de algunos momentos de ilusión incontenida, como si todo fuese un deseo dentro del mejor de sus sueños. En su lecho del segundo piso de la Cassina Rosa, número 26, aledaña a la Piazza di Spagna, imaginó otra vida, esa que su día a día no le permitió saborear, y cual náufrago que va a la deriva en mitad de la noche, inició su particular viaje al averno con el soporte del doctor James Clark y su amigo Joseph Severn, que primero le acompañó a Roma, y después lo asistió en el calvario que tuvo como meta su muerte.

Como nos recuerda Ángel Silvelo en uno de los pasajes de la novela: «El tiempo pasa lentamente y acaricia cada hora, cada minuto, cada instante de mi vida, como solo lo saben hacer las manos de los amantes… pero ya nada importa. Ni el tiempo ni sus horas ni la más bella de las damas. Todo desaparece tras el tamiz continuo y perenne del tiempo, del mismo modo que la luz se fuga en las tardes lluviosas de invierno detrás de la poderosa cortina de agua que la ampara; y todo, otra vez todo se convierte en un lienzo en blanco que nada alberga, salvo la esperanza de aquello que puede llegar a ser. Eterna esperanza que cae como un torrente salvaje desde la montaña. Anhelos reconvertidos en desgracias que nos marcan las últimas jornadas. Hombre sin sueños, ni deseo. Estatua inerte de sal, pero de carne y hueso. Aún me queda una última posibilidad, la última, para vencer al paso del tiempo: acabar siendo un recuerdo o un pequeño episodio en vidas ajenas. También me puedo reconvertir en una anécdota revestida de poemas o en un libro que puede ser abierto en la encrucijada del tiempo. Mi cuerpo descansará en un agujero y mis libros lo harán confundidos en grandes o pequeños rimeros, en estanterías anónimas o en desvencijados baúles cargados de nostálgicos y efímeros recuerdos».

Los restos del poeta, junto a las cartas de su amada y un mechón de pelo de su hermana menor, descansan en el cementerio protestante, Campo Cestio, de la ciudad de Roma. En su lápida se pude leer el famoso epitafio que inventó días antes de morir.

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