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Las coloridas butacas del Teatro Echegaray y fueron testigo directo de la trayectoria de un sofá y el amor en líneas desdibujadas. Mariano Rochman y Blanca Oteyza levantaron con sus cuerpos un espejo de la nada en un escenario casi desnudo frente a un auditorio expectante.

`Pieza inconclusa para sofá y dos cuerpos´ bajo la dirección de Mariano Rochman se convirtió en un magnífico lugar donde, como bien dice el título, dos cuerpos se vestían de realidad.

Los maravillosos juegos de luces y sombras no hicieron más que acentuar los altibajos de Bea y Diego, la pareja protagonista interpretada por el propio director y la encantadora Blanca Oteyza.

 

Acostumbrados a los tópicos en un tema tan universal y a la vez tan tabú como el amor en sus extremos, es normal que nos sorprenda cómo una inconclusa historia puede fundir en tan poco tiempo elementos tan dispares y lejanos como la pasión y el desprecio.

Rochman supo trasladar la veracidad del argumento en el que dos personas totalmente opuestas se encuentran, como la Maga y Oliveira, en un tren, hasta que el destino acaba destrozándoles sus gratas ilusiones, a un escenario vacío que se llenaba de vivacidad a través de la energía que desprendían los actores.

Diego y Bea acaban teniendo tanta intimidad como las palabras susurradas, pero como todo trayecto el tren va y viene, quizás fuera el tiempo y las circunstancias o quizás la incesante rutina ¿quién sabe cómo nos convertimos en polvo? Los dos cuerpos se acaban alejando del caluroso bienestar convirtiéndose en dos personas que no se reconocen ni a sí mismas.

Oír hablar sobre el amor idílico es frecuente actualmente, todos somos conscientes de que nunca nadie podrá resolver el enigma del amor, por ello, la obra de Mariano Rochman, por contrario, consigue adaptarse a la realidad inmediata, a las variantes del tiempo, de la vida y sobre todo del amor.

A partir de la adaptación de dos cuentos de Raymond Carver, Rochman logra ponerle la guinda al pastel hilando la crónica de una pareja corriente con problemas habituales representadas en escenas humorísticas, como una pequeña riña, y a la vez con escenas ácidas e incómodas, como los ataques de celos o la desconfianza. Un juego de dos que acaba quemándose como fósforos en el interior de Bea y de Diego sucediendo a dos llamas airadas y fuera de sí. El autor juega con las escenas, desde las más dulces y pícaras protagonizadas por la chica sexy con camisa y segura de sí misma, hasta unificarlas con los peores momentos de la pareja, llevados a la escena como la vida misma, a través de gritos, llantos inseguridad e incluso amargas despedidas. Todo ello junto a la magnífica ambientación de luces y la música de Ale Martí.

Pero Rochman demuestra en esta obra que el teatro es al fin y al cabo un lugar mágico que nos devuelve lo que le damos. Los espectadores fuimos testigos directos de la estela rizada de dos cohetes en acción, y del rastro posterior que se desdibuja lentamente. Nos hizo partícipes de la transparencia del alma de sus protagonistas, consumidas por el amor desgastado y a la vez extasiadas por el aroma de lo nuevo.

Mediante episodios y con intercalación de entrevistas, ese pequeño espacio escénico, sencillo y reducido a un sofá, se convierte en un símbolo imprescindible donde los protagonistas se deshacen en abrazos en sus inicios y se desenlazan molestamente mientras duermen cuando el amor parece no existir ya. El sofá se convierte en el punto de anclaje de unas acciones tan habituales como dramáticas, de hecho es testigo, junto a los espectadores, de los miles de pensamientos de Diego y de Bea (comentados en off) que flotan perdidos en ese espeso amor que los atrapa y los confunde.

Por Ariana Manzanares Rubio

 

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