ALLÍ: Echo and the bunnymen

Ian McCulloch salió con ese porte que recordaba a la de los Gallagher, ebrio, con indiferencia. Cubata en mano, gafas de sol, cumplimentando con su trabajo: cantar las letras que había escrito en el pasado, pero no era convincente. «Fui un genio, hace algún tiempo» (excesivo). Estancado en las sombras chinescas de los adolescentes sombríos de comienzos de los ochenta, aquellos que tendrían que haberse muerto (de forma voluntaria o debido a un accidente tóxico) o haberse retirado a un monte a darle de pastar a las ovejas.

Esta imagen es realmente patética, y sus últimas composiciones son simplemente aceptables. Cayeron sus clásicos y alguna versión (incluyendo «Walk in the wild side» de forma intercalada en «Nothing in last forever»). La banda, bien, Will Sergeant con su guitarra, tocando lo que tenía que tocar, igual que el resto de la banda, mercenarios o colegas, lo desconozco, pero con más entusiasmo que los miembros originales, pero no fue más que aceptable.

No parecían opinar lo mismo la gran cantidad de compatriotas de la banda, que no paraban de agasajar a Ian y gritar, como buenos ultras del Liverpool. Se podía contemplar a unos hooligans agitando los brazos como si se tratara de un partido de fútbol, bien por ellos, quizás yo haría lo mismo si viese a Los Amaya en el Carling Academy.

El circo no convenció a el que escribe, suerte que el pan (bueno, comida china) si consiguió satisfacer las necesidades básicas para mantener satisfecho al ciudadano medio.